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The Handmaid's Tale y el precio de los derechos humanos

Hay arte que te arranca el alma. En realidad, más que arrancártela lo que hace es poner las cosas en su sitio. Este realineamiento entre nuestras prioridades y la realidad es tan duro que lo sentimos como una suerte de muerte y culpabilidad por habernos alejado tanto de lo que es verdaderamente importante. Más importante que la política, que los juegos de poder y que el dinero. Más importante que el fútbol y el drama que acaba de tener tu prima con el chico que conoció en tinder hace dos semanas.

Lo que sucede cuando no sabes tener conversaciones banales es que toda reunión, por distendida que sea, acaba en la sensación de haber solucionado alguna problema social desde la comodidad de una silla de metal. En una de estas, hace un par de meses, al sol de una terraza en Valencia y cerveza en mano, un grupo de amigos y yo resaltábamos el hecho de no haber visto nunca una guerra. Muchos de nuestros padres tampoco la llegaron a vivir en primera persona pero, de alguna manera, sí sufrieron algunas de sus consecuencias. Sí han visto a sus madres llevar un trozo de pan siempre en el delantal "por lo que pudiera pasar", sí han conocido la escasez y el no poder seguir estudiando por falta de medios, y eso, de alguna manera, tenía que definir una clara diferencia inter-generacional. La pregunta era: ¿cuál? Aún quedan algunas de esas señales. Abuelos irremediablemente machistas, madres que no conocen el tiempo libre ni la libertad e hijos que no se creen con derecho a existir por sentir lo que sienten. Son cosas que pasan. Un bando perdió la guerra y el otro, con el paso del tiempo, está perdiendo las costumbres que tanto protegieron.

Una generación se identifica como tal cuando sus componentes han pensado qué les define colectivamente, han conseguido expresarlo y ha habido alguien escuchando lo que éstos tenían que decir. No existiría el milleniarismo de no haber millenials definiéndose a sí mismos en plural. Se me ocurren muchas de las características más importantes de esta generación y, además, soy -e imagino que la gran mayoría "somos"- capaz de trazar el hilo con el pasado para conocer sus orígenes. Sin embargo, hay una circunstancia que se  me había pasa de largo hasta ahora. Nadie quiere hablar de la comodidad. Nadie quiere hablar de lo que se ha conseguido, porque pensar en un futuro sin ello es demasiad duro. ¿Para qué volver a un pasado en blanco y negro si el presente está lleno de color? Las barbaridades son de otra época.

Hasta ahora solo tres obras de arte -porque me niego a llamarlas de otra manera- han conseguido transportarme a un lugar donde ciertos tipos de seres humanos valen más estando muertos que estando vivos. Recuerdo la primera vez que vi La lista de Schindler. Mis padres estaban durmiendo y yo conseguí escaquearme para seguir viendo la televisión. Fue dura, pero más dura fue Katyn. Emitían las dos seguidas. Schindler era el primer plato y Katyn estaba puesta ahí, imagino, por si a alguien todavía le quedaba estómago. El objetivo, imagino, era que nadie saliera de ese ciclo de cine igual que entró. Yo era pequeña y recuerdo que, lo que más me impresionó, por absurdo que parezca, fue ver el movimiento de un cuerpo sin vida. ¿Cómo un ser humano podía convertirse en cuestión de segundos en un saco de órganos? Esa noche me costó cerrar los ojos al irme a dormir. Hasta los huesos de las cuencas de los ojos me suponían amenazas de realidad difíciles de abarcar. Al margen de estas dos primera, hay otras obras que, ya sea por cercanía geográfica o por mis circunstancias vitales, me llegan más. No soy dada a ver "lo que está de moda" en su boom. Me pasó con Breaking Bad y me pasó y me pasa con Juego de Tronos pero The Handmaid's Tale ha conseguido romper la barrera. No confundamos, me gusta dejar las series reposar antes de pegarles el mordisco. Pero ahora mismo no tenía alternativa: si todo tu entorno cercano te recomienda la misma cosa, o la ves o cambias de entorno. Y no soy buena haciendo amigos nuevos.

La capacidad de ignorar las cosas que nos hacen más difícil la vida es el mecanismo de supervivencia más útil en el siglo XXI. Lo pierdes y la ansiedad y la depresión te devoran antes de que te des cuenta. Imagina vivir con la sensación constante de que puedes morir en cualquier momento. Ser conscientes de nuestra fragilidad nos hace frágiles, por eso mismo evitamos ponernos en situaciones en las que nuestra integridad como seres humanos se ve seriamente comprometida. A veces se me olvida que soy mujer, que no soy heterosexual y que tengo defectos físicos; y, sobre todo, se me olvida que hay gente que ha muerto por esto mismo, y porque yo no tenga que pasar por esa horca. Ahora, con la distopía que se plantea en The Handmaid's Tale, he aprendido a responder a una pregunta que nunca antes me había atrevido a plantearme. ¿Cuál es el precio de los derechos humanos? La comodidad. Es un precio bajo si se mira desde el prisma simple, pero la comodidad es peligrosa. Te lleva a asumir como tuyos derechos por los que no has luchado. Nuestra libertad condicional se ha pagado con sangre de otras muchas mujeres. La comodidad disfraza el contexto de normalidad, y la normalidad produce la ilusión de que la linea que separa lo posbile de lo imposible es más gorda de lo que en realidad es.

Si no se distingue entre valor y precio se puede caer en la tentación de vender por poco algo que vale más que todo lo que podamos imaginar. La estabilidad de la clase media en Occidente es la más peligrosa arma de doble filo.


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